viernes, 9 de junio de 2006

Picasso, genio entre maestros
Tradición y vanguardia
Picasso ya está en Madrid. El Museo del Prado y el Reina Sofía acogen la que será una de la exposiciones más visitadas del año. Con una treintena de obras procedentes de colecciones extranjeras, nueve de ellas llegan a España por primera vez.

Dos por una. Se anuncia una exposición en los dos más importantes museos nacionales en la capital, pero se trata de dos muestras con planteamientos, articulaciones y motivaciones bien distintas. Cada una habría bastado para atraer visitantes nacionales y extranjeros. Pero en este 125 aniversario del nacimiento del pintor en que la cadena museística Picasso (Barcelona, Málaga, París...) está funcionando a pleno rendimiento, en Madrid había un motivo adicional de celebración: 25 años de la llegada a España del más universal cuadro del pintor, el Guernica, cuyo primer emplazamiento fue el Casón del Prado, como bien se recordará, intentando satisfacer las últimas voluntades del pintor. Y una cosa trajo la otra. Su disputado traslado al contemporáneo Reina Sofía en 1992 no sólo hizo perder entonces a la “mejor pinacoteca del mundo” medio millón de visitantes, sino que causó un trauma (de consumo interno) que ahora se intenta reparar. Pero el retorno “por la puerta grande” de Picasso al Prado manifiesta todas las trazas de un acto fallido, mientras el montaje ideado en el Reina luce el Guernica con un resplandor inolvidable y seguramente irrepetible en la vida de quienes hoy tenemos el auténtico privilegio de presenciarlo. En conjunto, el evento promete ser no sólo populoso. También, polémico.

Lo único que comparten es la puesta en escena del estudio comparativo de la obra de Picasso con la gran tradición pictórica. Un método imprescindible en la historia del arte, en su didáctica durante el siglo XX, eje de todo “museo imaginario” y practicado cada vez más in situ en la escena de las blockbusters internacionales. Siendo muy positivo que ambos museos se hayan incorporado a esta corriente, sin embargo, al prolongarse este afán comparativo, por la propia dinámica de parangón que se impone al espectador, entre las sedes contiguas, plantea cuestiones que quizá hagan del evento madrileño un caso de estudio sobre esta tipología expositiva. Por ejemplo: ¿qué condiciones entran en juego para que las obras maestras antiguas convivan mejor en museos contemporáneos?; o bien, ¿con cuánta precisión es necesario delimitar conceptualmente los motivos temáticos, formales, etc. a comparar para obtener óptimos resultados?… Asuntos en absoluto baladíes si se tiene en cuenta el esfuerzo ímprobo –también económico– que suponen proyectos tan ambiciosos, con préstamos casi impensables, como también se han logrado en esta ocasión.

El empeño en el Prado resulta desmedido, al intentar presentar en una sola galería la síntesis de la larguísima y heteróclita trayectoria de Picasso entrelazada con géneros y estilos de la tradición pictórica española y europea. Las relaciones y detalles que despiertan la compañía de telas de El Greco, Ribera, Poussin, Zurbarán, Meléndez, Veronés, Juan Bautista Martínez del Mazo (discípulo de Velázquez), Antonio Moro, Tiziano, Rubens y Goya, quedan diluidas ante ese genio “sin estilo”, que alterna sus investigaciones formales en un mismo periodo sin pestañear. El público multitudinario destinatario de esta muestra admirará, como siempre, la imaginación desbordante de Picasso y también su demiúrgica capacidad de destrucción. El genio nunca pareció tan bárbaro y bizarro, mientras la maestría de los antiguos queda desvaída. Ni uno ni otros salen favorecidos, por la violencia que sufre la “mirada relativa” al discurrir entre tanto desnivel.

La exposición en el MNCARS responde a un plan milimetrado. Después de 25 años vuelven a mostrarse al completo las series gráficas y estudios preparatorios para el Guernica. La propia constancia del pintor en torno al desgarramiento producido por las guerras coincide y le asemejan con la sabia y paciente dedicación de los grandes maestros. El crucero formado por El Guernica, y los fusilamientos de La ejecución de Maximiliano de Manet, La masacre de Corea del propio Picasso y El 3 de mayo de Goya –que por primera vez sale de El Prado– quizá resulte sobre el papel demasiado literal iconográfica y formalmente (la génesis de la Modernidad), pero proporciona una experiencia sobrecogedora. Visto lo bien que encaja Goya en el museo contemporáneo, ahora pensamos qué hubiera pasado si estuvieran también Los horrores de la guerra de Rubens, y la Cabeza y costilla de cordero de Goya y alguna dolorosa de El Greco junto a los bocetos… si no se hubiera perdido fuelle en elaborar la otra exposición. Via Link
Rocío DE LA VILLA